Cuando un niño crece con la sensación de haber sido abandonado, desarrolla en su inconsciente una necesidad de negar tal hecho, a pesar de la lógica de haber sido abandonado.
Desde pequeña viví el abandono por parte de mi padre que después de la separación de mi madre, su segunda esposa, dejo de verme y continuo su vida desde el estado de viudez que le otorgaba el haber perdido a su primera mujer.
Para mi inocente mentalidad el permanecía demasiado ocupado para poder verme o llamarme, a pesar de que nos distanciaban unas 20 cuadras.
Cuando mi madre decidió mudarnos de casa, a una bastante mas lejos, yo suponía que el no tenia la dirección de mi nuevo hogar ni tampoco forma de conseguirla, y justificaba su ausencia por tal motivo.
Cuando tuve una edad adecuada para viajar y moverme sola por ahí, decidí ir a buscarlo por mis propios medios, me encamine hacia su casa y por supuesto llegue hasta su puerta.
Inmensa era mi ansiedad a los trece años ante aquella aventura y golpee la puerta de la que suponía seria mi nueva vida junto a aquel ser que me había hecho tanta falta.
Sorprendentemente me encontré con alguien que no conocía y que me abría las puertas de su vida, o al menos eso creí en aquel momento.
Transcurrieron algunos años de idilio, mío por supuesto, hasta que por razones que ya olvide tuvo que viajar y ya no nos vimos. No recuerdo muy bien ese pedazo de historia, pero lo cierto es que no recibí ni una postal.
A su regreso me encontró nuevamente dispuesta a recomenzar, el juego había cambiado y ya mi padre no habitaba su casa.
Durante años, lo seguí en cada nueva mudanza, siempre dispuesta a tener esa idílica relación que se sucede naturalmente entre un padre y una hija pero sin tenerla realmente.
Años después me di cuenta que si no lo llamaba el no lo hacia, si yo no lo visitaba el tampoco venia a verme, con lo cual fui dándome cuenta que su falta de interés era poco mas que notoria para todos a mi alrededor, aunque yo no lo viera.
Pasaron los años, aquella pequeña había quedado atrás y se convertía en madre, una y otra vez. Mis hijas podrían disfrutar de su abuelo tanto como yo no había podido disfrutar de mi papa, pero tampoco resulto de esa forma.
Mi padre me abandonaba una vez mas, según sus palabras, pero esta vez para irse a “morir solo y no ser una carga para nadie” estaba enfermo desde hacia unos años y unilateralmente volvía a su viudez para siempre.
Me llevo casi diez años volver a encontrarlo, siguiéndole la pista cada vez que tenia un nuevo indicio de su paradero. Esta vez, después de tantas desilusiones, ya no lo buscaba para intentar reencauzar nuestra relación, solo quería saber de él. Quería saber si vivía, a pesar de llevar casi veinte años positivo para VIH, si estaba acompañado y si necesitaba, tal como yo había necesitado, un poco de cariño.
Ilusa a los cuatro años, ilusa a los catorce, ilusa a los 25 y más ilusa cerca de los cuarenta.
Volví a llenar mis arcas de amor, anécdotas de los años perdidos, recuerdos de los compartidos y una gran dosis de anestesia para no sentir dolor si me rechazaba nuevamente.
Deje a mi familia y partí a su encuentro. Me recibió un hombre distinto del que recordaba, mayor y lleno de canas, con una mirada diferente de la que recordaba, pero ávido de encontrarme una vez más. Fui muy cauta, ya había pasado por esto demasiadas veces, fui sincera y sin reproches, dispuesta a dejar todo atrás y recomponer las cosas desde ahí, desde ese punto, para no cargar ese encuentro de dolores pasados. Y el también creyó que era lo mejor que podía pasarnos a ambos.
Pasamos tres días maravillosos compartiendo cosas como padre e hija.
Cuando volví de verlo, sentí que podía relajarme y disfrutar de esta nueva etapa que me había costado casi treinta y cinco años conseguir.
Poco después de este reencuentro tuve oportunidad de volver a visitarlo, esta vez con menos suerte que la anterior, ya que por su condición estaba internado con un cuadro bastante complicado. Este segundo viaje me conecto con gente de su nuevo entorno, con la que compartió su vida durante la prolongada ausencia de la mía. Nada había cambiado, para todos era una sorpresa verme, o para la mayoría, ya que en su afán de iniciar una y otra vez la vida lejos de las realidades de su propia vida, me encontré con que seguía siendo viudo a pesar que mi madre sigue viva. También me encontré con gente que me confundía con mi hermana mayor y me llamaba como ella. Pero tampoco me importo, cualquiera puede confundirse.
Entre tantas cosas que pasaron esos días, con toda esta gente que no lo dejaba de apoyar y que lo acompañaba permanentemente, surgieron hechos de su vida que el había diseñado cuidadosamente bajo un sinfín de mentiras para disfrazar su verdadera vida. Cada cual vive como puede.
Lo cierto es que ante la posibilidad de que su vida de mentiras y falsedades fuera descubierta y le trajera algún inconveniente, este amable señor, querido y respetado por tanta gente, una vez mas decidió que un hijo es algo descartable en la vida y que era mas valioso para el sostener la historia de la vida creada para seguir adelante, que enfrentarse con la realidad y tener una hija para siempre.
Créanme que todas las historias que uno puede crear en su mente para vivir una vida diferente son posibles, si se tiene la capacidad de mi padre para vivir inmerso en ellas. Y yo, que a pesar de haber compartido poco tiempo con el, la historia real no me la contó nadie, no estaba dispuesta a mentir a la par de el para formar parte de su fantástica vida.
En conclusión a mis casi cuarenta años, papa me abandono una vez mas, como a los cuatro, a los catorce y a los treinta.
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