lunes, 5 de abril de 2010

Una noche mas…

Después de muchos años, me sentí como adolescente, no por algo en especial, pero mi regreso fue tal cual a las vueltas de juerga de mi adolescencia.


Camine mucho, viaje por monedas, no tome ni un taxi y encima volví a subirme al 136, como cuando joven.

Tal como entonces llegue a la estación de Ituzaingo, casi al alba, y me dispuse a esperar el 238, que me hizo esperar mucho, como siempre, muerta de frío en la dársena junto al andén.

Desde ahí, como un espectador que siente que esa película la vio y no termina de recordar cuando, cruzada de brazos tratando de enfrentar el frío del amanecer con un cigarrillo entre los dientes y echando humo.

La plaza en desorden, los jóvenes en masa regresando a sus casas y las peleas típicas entre adolescentes que aun no comprendieron que el exceso de alcohol es un mal consejero, surge una pelea, son dos, son cuatro, se suman los curiosos de siempre, los que alientan, los que separan… llega la policía enfurecida, con una violencia innecesaria separan a bastonazos a esos jóvenes enardecidos. No se detienen, golpean sin mirar a quien ni en donde. Parece que disfrutan ese momento de violencia. Los chicos se dispersan, algunos escapan, corren para donde pueden. Uno de azul, con un arma en las manos corre por el medio de Av. Rivadavia disparando al aire como si fuera necesario. Son chicos, que si bien están desbordados por el alcohol y la adrenalina de la pelea, bien podrían ser separados con un poco menos de fuerza, con algunas palabras… pero la bonaerense no habla. Golpea, dispara.

Cuatro disparos al aire y unos minutos después seis policías regresan, con un chico ensangrentado, doblando un brazo sobre su espalda, como si hubieran detenido a un asesino, o a un ladrón. El chico intenta subirse los pantalones mientras trata de seguirle el paso a esos policías que lo arrastran hasta la patrulla.

En este país, que se jacta de la memoria, de la represión violenta, que permite piquetes de tipos encapuchados, que no mueve un músculo para evitar que una horda de mal vivientes destruyan propiedad privada o publica, en este pais donde los asaltos y arrebatos ocurren frente a las narices de los uniformados sin que se inmuten, en este mismo país, ocho policías disparan al aire y apalean a un grupo de jóvenes que salen de bailar y entre el frío de la madrugada y la falta de control llegan a sus casas con el recuerdo amargo de una noche que termina a los golpes.

Mientras tanto yo termino mi cigarrillo y sigo esperando que llegue el 238.

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