Cruce la puerta del Hogar con una gran dosis de adrenalina, el corazon latía fuerte y las piernas temblaban. Nada de esto me detuvo, llegue y la vi, sentada en su silla de ruedas, con la ropa grande y los ojos abiertos domo queriendo comerse el mundo. Sola. Me invadieron sentimientos olvidados, una especie de cariño sin sentido. De mis 37 años, solo pasamos juntas unos pocos.
Ella, que llego a la casa de mi familia mucho antes de cumplir los veinte, desde Arbolito su pueblo natal para trabajar, crió a mi papa, luego a mi hermana, mas tarde se ocupo de mi y mi mama la eligió para que fuera mi madrina.
Pasaron desde entonces muchos años y aquella joven llena de energía le dio paso a esta pequeña mujer contraída por los años.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, felicidad, emoción, alegría. La vida me quito demasiadas cosas en la vida y sentir por un momento que un poco de todo eso se puede recuperar me llena de sensaciones.
Los años se llevaron gran parte de sus recuerdos, pero recordó sin dudarlo el apodo que me puso siendo aun un bebe.
Nada de lo que pase estos años vino a mi mente, solo estar, por un momento sintiendo sus manos entre las mías y dejar que las horas corrieran a su lado.
La felicidad puede estar de pronto en el silencio o la mirada, como decía una poeta.
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